viernes, 28 de enero de 2011
CUATRO
Qué mal me estoy haciendo, qué fácil lloro todos los días, y soy ruido blanco, nadie, nadie pone su mano en mi hombro, nadie reconoce los huesos agigantados de mi columna, nadie roza con resquemor mi piel, nadie se acalambra al ver el punteo casi hecho con una máquina de coser en las esferas de mis pulmones, nadie se asusta al raspar con las yemas de los dedos la costra sangrante de mis omóplatos, de los agujeros inconsolables de las alas que perdí, por volar, por vos, porque te creí cielo y le quitaste las alas a esta pobre maraña de vidrios que yo solía ser. No puedo volar, solamente puedo acariciar y ser la única que se estremezca al sentir el calor de las venas rotas del tejido de mi estómago, el helado aullido de mi bronca, que se cierne en la carne, renace como si matarla fuera imposible, como si la furia fuese incontenible y no pudiese parar de salpicar sangre porque está ardiendo por dentro, como yo, que soy la única que arranca el feto de su propio cuerpo, que lo escucha llorar y tragándose un vaso de lágrimas le va arrancando los pedazos de piel muerta, que solía estar viva en el cándido interior de mi cuerpo. Pero lo sacaste, te chupaste el calor como un piso nevado, que solamente me espera para quitarme el aliento de a poco, y arrastrarme con las heridas al rojo vivo hacia tu infierno, que es esta soledad, que es el helado filo del cuchillo.
Publicó
Ovario
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