Tengo miedo.
Me da miedo que el naranja se vuelva el único color que me de alegría, que quiera ver. Me da miedo que mis pensamientos ya no sean veracidades. Me da miedo salir, y sentir el frío. Me da miedo el afuera, el adentro, los puntos medios. Me da miedo la madrugada, el día, la tarde, sobre todo la noche, sobre todo esa entradita humilde a la madrugada, cuando el cielo se vuelve ligeramente rosado por el desgaste de la luz fundida en el cielo oscuro de Ramos Mejía, Gaona, gente yendo, rebalsada, alegre, alcoholizada. Yo en un auto, un auto refinadamente conocido, con el techo abierto y con un amigo sacando la cabeza, enrojeciéndose con el frío del viento que pasa, o que nosotros pasamos por el viento, porque el auto está en marcha, y todos se relamen menos yo: Estoy aterrada, entumecida en un costado, mirando la efervescencia de Rivadavia iluminada y hermosísima como siempre, más con él, porque él es incertidumbre, es creer que todo está dicho y darlo vuelta en los últimos minutos del partido, porque sabe que me duele, y en cierto punto lo excita verme dolida, yo creo. La noche me sigue dando miedo, pero me asusta más la noche que viene que la que estoy viviendo. La noche que estoy viviendo ya está pactada, y está deshecha.