Yo me pongo a pensar, así, entre hojas recortadas, lápices acuarelables y crucigramas, si podría haber sido de otra manera. Es fácil la respuesta: Sí, podría. Pero no lo fue.
Todas las cosas que dije las dije y si en algún momento decidí no decirlas, pues, están esas consecuencias en otra parte del tiempo en la cual esto no está siendo escrito. Estoy mirando, ¿no? las posibilidades que se pueden haber dado, ya que de no haber hecho ciertas cosas todo sería completamente diferente.
Pero acá estamos, en la situación en la que nos vemos sumidos, y dentro de la enorme gama de posibilidades que tenemos yo decido que me tire el piolín que sostiene lo que pasa en este momento, es decir, no hacer nada. No hice mucho hasta ahora, pero ya no quiero hacer absolutamente nada. De poco sirvieron las palabras, las contenciones, las salidas, las trasnoches, el café, la plata, el cariño... básicamente nada sirvió de nada, porque antes de entablar relaciones, si uno no está dispuesto a afrontar este tipo de situaciones debería preguntarse: ¿Puedo asegurarme la perpetuidad de este cariño?
Es un infortunio, ya que nada garantiza la perpetuidad. Las personas menos, las personas somos especialistas en demostrar que todo lo que hacemos es efímero, incluso lo que queremos. Por eso buscar la perpetuidad en una relación humana es una desilución programada.
Por suerte, estamos aquellas personas que todavía podemos vivir con eso: Con la desilución y con el reemplazo. Bah, no reemplazo, la mejora. Es decir, no hay una persona que esté ocupando mi lugar, sino que el lugar de otra persona se expandió tanto que tapó el mio. No me quejo. No quisiera quejarme de las relaciones ajenas, porque no tiene que haber un motivo por el cual una persona me limite como ya pasó antes y fue feo.
Me abstraigo, entonces, a recostarme en la loza y repetirme que todo está genial, o podría estarlo, y eso para mi ya es suficiente.
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