Estoy asombrada por la velocidad sideral de tu cariño, que tanto estoy rezando para que me vuelva a tocar, impulsivo y seductor, quizás me vaya a lastimar. Pero estoy segura, sin haber pensado mucho, que estoy rasgando de a poco los retazos de tu piel, adentrándome despacio en la niebla de tu aliento, respirando con los ojos entreabiertos la suciedad del Universo, la polución de mi religión.
Aguanto sentadita en el rincón de tu cuarto, haciéndome fractal e inocente, pensando entre lágrimas cenizas lo lejos que estoy de casa, de mi, del lugar que me corresponde. Porque me cuesta, ¿sabés? acariciarte desde la raíz hasta la punta de tu pelo, en el pasto, rejurgitando violencia que me dice que en realidad con lo que acaricio podría asfixiarte.
Sin embargo, acá estoy, sola, tranquila, porque me diste una pieza en la que como las otras, has apagado la luz, cerrado la puerta y olvidado, siendo una pieza tan linda y cómoda, sembraste en ella los demonios que nadie se atreve a sembrar en vos: El humo crudo de la soledad.
No es que no lo conozcas, porque las serpientes ya revisaron tu cuerpo, y no quiero asustarte, mi amor, solamente te aviso que tenés hasta los intestinos plagados de huevos venenos.
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